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Calle de Fuencarral, 123, 28004 Madrid, España

Roxy A, el penúltimo cine de la calle Fuencarral

El cierre de esta sala deja al Proyecciones en solitario en una calle que precisamente era conocida por la abundancia de cines. Y es también el adiós a una de las últimas (si no la última) de las que aún colgaban carteles pintados a mano en la capital.

La subida del IVA del 8% al 21% ha sido el último mazazo a un negocio que ya iba de por sí tocado en España, con una taquilla menguante (casi un 9% menos desde la entrada en vigor del nuevo IVA, no sé qué pensaban) y una administración local que, en su afán liberalizador, en lugar de proteger a estas salas, modificaba en 2005 la normativa para que nuevos centros comerciales pudieran campar a sus anchas donde antes había un cine. Eso sí, protegiendo su arquitectura para que las grandes marcas pudieran montar sus buques insignia en edificios singulares de principios del siglo pasado. Pero como siempre, la culpa es exclusivamente de la piratería, dirán nuestros amados dirigentes. Así es como se cuida a la cultura en este bendito país.

Todo esto no puede resultar más triste. Es cierto que los hábitos de consumo han cambiado, pero se hace muy duro pensar que, de seguir así la cosa, en algún momento dejaremos de poder ir al cine a ver una peli en V.O. incluso en la capital de España. No quiero ni imaginar que algún día puedan cerrar los Verdi de Bravo Murillo, en los que te puedes tomar algo en su pequeño café antes de la proyección y que cuentan con el personal más majo que hemos tenido el gusto de conocer. Señores, hay que ir al cine como otros van a misa: al menos una vez a la semana. Que luego vienen las lamentaciones. Yo al menos así me lo he propuesto.

Pero las perspectivas futuras tampoco son muy halagüeñas: la semana pasada leía que Pontevedra se convertiría en junio, si nadie lo impedía, en la primera capital de provincia sin ninguna sala de cine. Y probablemente no será la última.

Como nota positiva, van apareciendo iniciativas privadas que, sin llegar a ser sustitutos de un cine al uso, nos demuestran que algo está cambiando. Este es el caso del Café Kino que programa diariamente una quasi sesión continua para solo 11 espectadores. Aún sin conocerlo, no puedo estar más a favor de este tipo de espacios que ofrecen alternativas de ocio diferentes. Particularmente, me encantaría que los vecinos pudieran organizar de manera espontánea cines de verano en solares o patios comunitarios como hemos visto en otras ciudades europeas. Pero seguro que para eso, sí existe ya una normativa que lo prohíbe. Mientras tanto, deberíamos tratar de conservar lo (poco) que nos queda.

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